Esa tarde de verano prometía ser una tarde común, un día de sol ordinario, refrescando la piel bajo las olas que bañan con aguas gélidas las costas calientes del pacífico.
El año académico había tenido su funeral apenas hace un par de días, y con ello también quedaban enterradas las maquetas, planimetrías y diseños de ese tercer año de arquitectura.
Arturo y Marcel pasarían por mí pasado el mediodía, un par de cervezas ayudaría a menguar los más de treinta grados que acompañarían nuestro viaje hasta la playa; almorzaríamos en viña, una corvina y un vino blanco en el restaurante de costumbre, aquel de grandes ventanales que miran al rostro del sector 5 de Reñaca; bajaríamos a que el sol flechara cada uno de nuestros zócalos y esquinas, la vista de mis amigos se perdería en las partes cóncavas y convexas que se esconden tras bikinis diminutos; yo jugaría a engañarlos como ha sido mi costumbre durante este tiempo; y cálidos y calientes, jugaríamos a capear olas como es nuestro rito estival desde que terminamos el primer año de universidad.
El destino terco nos llevó por otros caminos ese día.
Salimos de casa pasadas las trece horas, luego de que marcel lograra deshacerse de su conquista bohemia que yacía a la luz del sol amarrada a sus sábanas, mientras Arturo cultivaba la paciencia sentado al volante de su auto detenido, en el frontis de su jardín.
La chica enfrentó la calle sin maquillaje y despeinada; un beso frío despidió y derritió el calor de los amantes; él subió al carro, tomaron la avenida excediendo la velocidad permitida, omitieron dos semáforos en amarillo, el humo de los cigarros se evaporó entre el resplandor y la velocidad; hasta que los neumáticos dejaron de caminar frente a mi casa.
Tomé unas cervezas en lata desde la nevera, me senté en la parte trasera del descapotable; sentí ganas de que Marcel se fuese al lado mío conversando; la carretera nos esperaba con su tránsito espeso y fogoso; el minutero avanzó con más lentitud en el epicentro de la ciudad y solo volvió a su rutina cuando tomamos la ruta norte que conduce a la costa.Los envases de alcohol frío se abrieron un minuto antes de que apareciera un control policial custodiando el camino; las latas resbalaron intencionalmente de los flancos del volquete y su brebaje se hizo espuma sobrela loza hasta desaparecer a la distancia sobre el asfalto excitado.Retomamos el itinerario de nuestras intenciones prefijas; un collage de armonías disímiles emigró del dial sintonizado, encubriendo nuestro silencio, escoltando nuestro parloteo oincitando un coro destemplado.
La brisa marina forjó el color del cielo y se arrojó fresca sobre nuestros rostros.
La taberna nos recibió con las mesas repletas y el ambiente cargado de fervor, odoríferos perfumes y destellos corporales.Salimos de prisa, golpeando las puertas de otros locales para satisfacer los instintos o más bien el hambre que golpea la puerta de nuestro estómago ya pasadas las tres de la tarde.La pesquisa infructuosa nos acarreó de vuelta a las butacas del automóvil. Prendimos otro trío de cigarrillos y salimos de un Reñaca saturado de vanidades, de quitasoles, de gargantillas de oro colgando de cuellos altivos, en fin, de aquello que de una u otra forma formaba parte de nuestras cotidianidades.
Cambiamos el rumbo, dejando atrás la algazara; penetramos al camino que conduce al litoral central; contemplamos de lejos la flacidez y la pobreza que huelga en la playa “guachaca” de Cartagena; la música del automóvil ensució la quietud de San Sebastián; y antes de llegar a isla negra, a ese panteón donde la pluma encantada de Neftalí reyes lo transformara en Neruda, una solitaria mujer caminando por un sitio baldío llamó nuestra atención.
“¿Ese camino conduce a la playa?”, gritó Arturo poniéndose de pie en el puesto del conductor.
“Sí, pero solo se puede llegar caminando”, respondió la chica bronceada y curvilínea que ocultaba el color de sus ojos tras unas gafas ahumadas.
“¿Es una playa privada?”, inquirió mi compañero.
“algo así”, reveló ella trazando una risa que hizo más cercanas y amigables sus facciones.
“¿nunca han venido?”, inquirió firme sobre sus sandalias, con el pelo castaño al viento y un sombrero de paja abanicándose en su mano derecha.
“No”, respondimos al unísono, como un coro de aves perdidas, indagando la trayectoria de su bandada.
“Es una playa nudista”, dijo con coquetería antes de encumbrar su mano al cielo en señal de despedida y darnos la espalda para retomar su itinerario.
Arturo y Marcel rieron con complicidad. “Yo ni cagando me saco la ropa, dije dejando al descubierto mis pudores e inseguridades”.
“No vamos a ver nada que no hayamos visto antes en los vestuarios”, emplazó Marcel, con la seguridad que le concedía su generosa herencia genética.
“Esta es una oportunidad única huevón”, increpó Arturo, con su usual guiño lascivo y el paquete ya marcándose bajo su pantalón.
“No pueden ser tan calientes los huevones”, dije tratando de arquearle la mano a una decisión decretada.
“Y tú no podí ser más maricón”, increpó Marcel, retando a mi orgullo.
Aparcamos el porche bajo la sombra frondosa de un árbol; caminamos, pasos que luego se transformaron en cuadras sin esquinas, nos detuvimos en un despeñadero; gradasrústicas nos mostraban el vertical camino que conducía a la playa, y al reducir la distancia, empezaron a cobrar nitidez una decena de cuerpos desnudos y sus ocupaciones en tiempos de ocio.
Una pareja se besaba con ternura bajo un quitasol a rayas;los senos de una morena seguían el vaivén del agua mientras capeaba las olas; dos muchachos caminan por la huella que traza la espuma en la orilla mojada, y aunque sus genitales están expuestos, algo delata un deseo mutuo oculto en la forma en que se miran.
Las plantas de nuestros pies tocan la arena, mis amigos dejan caer sus bermudas y yo imito su arenga, quedando al descubierto nuestras desigualdades.
Arturo se empalma, ypese a esa ventaja, se aprecia que es Marcel él más consagrado por la naturaleza.
“¿Te lo enmarco?”, ironiza al sorprenderme contemplado su bulto.
“No seai payaso”, me defiendo y trato de desviar el tema y la mirada, pese a la porfía de este sentido, que retorna sin previo aviso a concentrarse en su voluminosa dote.
Un deseo me recorre en sigilo y lo adiestro como lo he aprendido a hacer estos años en que me limito a acompañar sus andanzas de cazadores y a disfrazar mi instinto.
Arturo ya se apartó de nuestro lado, entró al piélago y ahora parlotea con la chica que nos reveló este nirvana anónimo.Sonríen, se tiran agua; a la distancia cualquiera diría que se conocen hace ya muchos años.
“¿Quieres caminar un rato?”, me invita. Yo acepto mudo, como he aprendido a hacerlo, sabiendo que se me prohibe de otra forma.
Por lo menos un kilómetro nos separa del gentío; nos sentamos, jugamos a mirar el mar y él quiebra el silencio, sorprendiéndome.
“¿Desde cuándo te gusto?”, me pregunta con voz tenue, afectiva.
“¿De qué estai hablando?”, expreso sin dar la cara, mientras obligo a mi vista a seguir la línea de una gaviota.
“No te hagai el huevón conmigo, Joaco. Confía en mí”.
Mis ojos se estrellan de lágrimas contenidas; las mismas que escondo cuando besa a una chica, cuando me cuenta de sus conquistas, cuando encubro de sus infidelidades.
“¿De verdad querí saber?”, respondo ahora con los ojos fijos en sus ojos.
“Sí”, me responde sin expresión que yo pueda interpretar.
“Cuando te vi por primera vez, algo me pasó, algo cambió en mí. Jamás pensé que me podía llegar a gustar un hombre; pero entre más te conocía, entre más te tenía cerca, más iba acentuándose mi deseo de no perderte nunca”.
“Nunca me vai a perder, no seai tonto”.
“¿En serio?”, pregunté dejando al descubierto por primera vez todas mis vulnerabilidades.
El afirmó mi rostro con sus grandes manos, su dedo índice limpió una lágrima que arrancaba por mis mejillas, acercó sus labios, sentí su hálito, su lengua tropezó con la mía; una mano se mantuvo en mi sien y la otra se deslizó hasta anudar mi cintura; el peso de su cuerpo cayó sobre mis huesos; su piel cálida humedeció cada uno de mis poros, mis piernas se separaron buscando su fuego; su carne entró colmando mis concavidades; la oscilación de su cuerpo despertaba mis clamores y alaridos; mis muslos se erguían encadenando sus nalgas, hasta que el blanco clímax nos atrapó al unísono en un beso.
Mi cuerpo lo vistió durante algunos minutos, hasta que él rasgó el silencio y lo convirtió en sentencia.
“Ni una palabra de esto a nadie.Tú también me gustas, y si guardamos este secreto, podemos estar mucho tiempo juntos ¿no crees?”.
Caminamos regreso a la playa de nudistas, Arturo nos siguió después de despedirse de la chica de gafas ahumadas con un beso en la boca.Nos vestimos, retornamos al automóvil, ocupando los asientos de costumbre.“Y ustedes ¿Dónde se metieron?”, preguntó.
“Cachando unas minitas”, respondió Marcel, mientras me guiñaba el ojo a través del espejo retrovisor.
Arribar a Cuba, cargando con los prejuicios y estereotipos heredados por la sociedad de consumo, donde el capital es el Dios adorado y el recurso humano no es más que una herramienta cuantitativa y anónima necesaria para sembrar el exitismo, es someterse voluntariamente a un electroshock capaz de erizar la piel, en intentos sombríos por tratar de abarcar y advertir una realidad ignota, que no requiere segundos, minutos, ni horas, sino toda una historia, conjugando su pasado y presente, y tal vez su futuro, para ser comprendido.
Desde el momento de bajarse el avión, al pasar por las medidas de seguridad, se puede oler el espíritu de la Revolución, con el mismo o mejor olfato con que unos perros sin raza, quiltros como la mayoría de quienes habitan esta tierra de contrastes,olfatean con desconfianza el contenido de las maletas, que ruedan en banda, en el aeropuerto de Varadero; esas diferencias con el resto de la sociedad occidental se acentúan cuando la casa de cambio genera un trato diferenciado a los apátridas, concediéndole unamoneda creada especialmente para degustar en su propia patria de los generosos bienes y servicios que le están vetados al común de los nacionales, cuando pasean por una calle de la Habana Vieja, por el frontis del Capitolio o en la cornisa del Malecón.
Los cincuenta aterrizan en cada uno de sus vértices,en sus automóviles Ford y Peugeot, que arrastran nostalgia, belleza y panas a su paso;en las máquinas soviéticas extractoras de petróleoque se alzan como palmeras al costado de la playa, entre Matanzas y La Habana; enlas fachadas de las casonas, que en el tiempo de Batista sirvieron de hogar a la clase acomodada y que hoy cobija los sueños o pesadillas, solo ellos tienen la certeza, de los habitantes de esta Cuba tan viva como marchita.
Caminando por la Habana, se me hace la idea que es una mujer que no requiere maquillaje para verse bonita; y esa belleza no se encuentra precisamente en los espacios artificiales creados para que los turistas disfruten de un express, sino en las esquinas donde los negros instalan sus bazares mezquinos, en los Paladares donde las caribeñas sudan la gota gorda por unos pesos convertibles, en las canchas de tierra donde practican el béisbol a pata pelá,en el Malecón donde se mezclan sus conversaciones, miedos, sabores y esperanzas.
Cada rincón parece un homenaje a la revolución, cada espacio un tributo alChe Guevara, a Bertolt Brecht, a José Martí, a un Fidel que sin gobernar, sigue siendo el corazón que da vida a esta Cuba perdida en sus contradicciones, o quizá seamos nosotros los extraviados, que no alcanzamos a leer a primera vista el espíritu de esta masa, tan lejana a los mall, a los shopping center, a las tarjetas de crédito, a la vida de plástico que nos corre por la sangre.Pero también algo esconde la mirada de estos mulatos, trigueños, negros y blancos que forman un arcoíris humano en esta Cuba herida por el sabotaje gringo y por sus propias decisiones; algo que va más allá del desabastecimiento y la recesión, y que constituye toda una oportunidad para quienes tenemos sed de historia y de verdad.
Algo dicen esos ojos cuando se acercan al turista y sin dejar de flamear su bandera ideológica, sin denostar la prisión y libertad que han construido, piden con vergüenza un jabón para bañar sus presas, un shampoo paradesenredar su cabello, una moneda para parar la olla.
La Habana turística está en el Museo del Ron, en la Plaza de la Revolución donde la imagen del Che posa inerte ante el lente ansioso de capitalistas ociosos, en la Plaza Catedral donde el bolero y la salsa amenizan una cena con langostas a la luz de la vela, a bordo de los cocotaxis que permiten recorrer la ciudad con distancia y con la misma reticencia con que admiramos y nos apartamos de esta sociedad igualitaria; pero igual de atractivo o más aún, es la Habana real, la que contamina de hedores sus calles limpias, a lo largo de la Avenida Los Presidentes, en sus paraderos sombríos donde esperan el ómnibus apenas caída la noche, en las comisuras de las escuelas, en los caserones ahora convertidos en estamentos estatales, al costado de la Estación de Ferrocarriles, en sus autos antiguos, en sus mundos privados que se convierten en público apenas se abre la entrepuerta.
Para quienes no somos más que golondrinas de paso en esta ciudad que huele y respira historia por cada uno de sus poros vetustos, la Habana es un escenario seguro, tranquilo, pacífico, un trozo de utopía que dan ganas de saborear, aunque siempre se hace escaso el tiempo para el paladar ansioso y exigente.
Avancemos a Varadero, veinte kilómetros de arena blanca y aguas turquesa, resort que germinan como quitasoles a la orilla de la playa, prados bien cuidados, canchas de golf, embarcaderos, un mundo all inclusive paraalmas más sibaritas, que tiene sus mayores atractivos en el descanso, la buena mesa y una serie de tours con destino a Matanzas, Cienfuegos, Trinidad, Santa Clara y Cayo Blanco, donde se puede desde visitar la tumba del Che Guevara hasta nadar con delfines.
Pero Varadero también tiene sembrado un mundo público de rico cosechar,pescadores que trabajan en los muelles a orilla de los faros, peluquerías al aire libre donde los más pobres despiojan sus nucas, aun que es preciso consignar, que dicha pobreza es estrictamente material, ya que sus almas están llenas de sueños, esperanzas, palabras de cortesía para quienes somos fantasmas penando sus huertos.
Al flanco de los muelles se agrupa la prole,llegan a pie, en bicicleta, en moto, pescadores artesanales como Joel y Liovani, que nos regalan conversaciones de mayor valor que cualquiera que se tenga al vapor de un café cortado, otro poco nos heredan taxistas, empleados de hoteles y hasta los propios jineteros que venden su tiempo o su cuerpo por unos míseros pesos cubanos, jamás destinados a delectaciones sibaritas, sino a cubrir necesidades básicas que escapan de los fuertes que entrega el padre Estado.Todos, sin excepción, sonríen en su tristeza, pero son capaces –a diferencia de cualquier chileno- de invitarnos un vaso de agua,de compartir su mesa pobre en los barrios olvidados de su patria.
En la sorprendente Isla de Cayo Blanco tenemos la posibilidad de besar a un delfín asexuado, ver toples, disfrutar de la mejor langosta de esta Cuba herida por sus contradicciones y sumergirnos al océano para a través del snorkel, vivir la ilusión de alcanzar a Nemo con una mano.
Matanzas, en cambio, nos sorprende, con sus puentes, algunos dicen que son 17, otros llegan a contar 28, trenes que recorren el borde de la ciudad y la playa, donde escolares vestidos de blanco y chocolate, aplastan monedas en sus líneas, como lo hacíamos los niños pobres del Chile de los 80; también con su río Yumurí, que atraviesa la ciudad enmascarando la miseria en su caudal, donde los pescadores, también pobres, agrupan sus pequeñas embarcaciones en las costillas del río marchito.Pero matanzas nos sorprende con su cultura, con su política, con la belleza de su gente, de su Teatro Souto, el de mejor acústica en América; con suMuseo donde la momia de una dueña de casa vela nuestro paso, con la farmacia más antigua de Cuba y con las Cuevas de Bellamar, una enorme recámara subterránea, de más de 700 metros de extensión, que recorremos con asombro y no menos cansancio.
Así es Cuba, la Isla de Fidel, donde la gente vive o sobrevive sin los códigos de nuestro tiempo; sin el estrés que genera nuestra cotidianeidad, sin la prepotencia de nuestras calles arrebatadas por el tráfico vehicular, sin el arribismo mercantil de las cadenas que nos impuso el consumo, con una tremenda dignidad de su gente,pero con necesidades insatisfechas, que quedan de manifiesto en cada esquina sombría o al interior de las viviendas que se abren amables a los visitantes.
Cuba es un lugar mágico, no hay duda, pero está lejos de ser un Cuba Libre, como el nombre de su famoso trago que recorre el mundo en su agridulce gorgorear.
Leticia arribaba de sus vacaciones, cuando su madre le ordenó ir al buzón sembrado en la costilla de la cerca, para recoger la correspondencia que pudiese haberse abultado tras casi una estación de ausencia. La adolescente refunfuñó sílabas difíciles de descifrar al amparo de sus labios semicerrados; reclamación más propia de su edadque de su carácter innato, pero caminó hacia el antejardín rumiando un chicle incoloro que se apronta a cumplir doce horas en su boca, que es el tiempo de viaje, desde que salieron de la casa de campo hasta llegar al exclusivo barrio que los acoge durante el año de ocupaciones; pisó el césped –prolijamente cuidado por el jardinero durante el verano- y llegó con su caminar ganso hasta el reducto con forma de casa que recibe las esquelas encima de la tapia, y que el jardinero no ha podido asear porque la madre de Leticia olvidó la llave en el bolso que la acompañó al paseo; miró por la rendija para ver que tan lleno estaba el conducto, abrió el candado y extrajo un cerro de sobres para los cuales sus manos apenas daban abasto.Su tez alba hizo contraste con la escasa luz que había al interior de la sala, cuyas cortinas aún no habían sido abiertas para dejar entrar la luz del sol; dejó las cartas sobre la mesa de caoba, y sólo después de que facilitó el paso de los rayos de sol hasta la habitación blanquecina, que le hicieron apagar por unos segundos sus ojos verdes, volvió hasta el comedor y hurgueteó entre las misivas para leer los remitentes; acto inútil para su propósito, que no era otro que recibir noticias de un antiguo amigo de infancia que se había mudado de barrio hace ya tres veranos, y que confieso, aunque sea acusado de insolente, fue el primer amor de esta muchacha de pelo rubio, cuando apenas llegaba a los trece.
“Te prometo que te escribiré”, le había dicho Andrés antes de subir al automóvil donde lo esperaban sus padres y seguir la huella casi invisible dejada por el camión de mudanza que lo llevó a una ciudad que con el paso de los años le era imposible recordar; y que se había convertido en la primera promesa rota que mermó su personalidad cuando su cuerpo apenas evidenciaba el cambio de la infancia a la adultez, y que la harían dudar “para siempre” según se había prometido respecto a la palabra de un hombre.
Leticia separó cuidadosamente la correspondencia, a un costado la que pertenecía a cuentas de tiendas comerciales; a otro, las que traían el sello de casas bancarias; y en un tercer espacio apiló las que eran de personas naturales.La primera, tenía sello aéreo, por lo que pensó de inmediato que pertenecía a su tía espigada que se había trasladado a Inglaterra cuando la dictadura llegaba al crepúsculo y de la cual recordaba sólo su afición por el orden, su elitismo y un comentario que profirió a boca de jarro a su madre en el pórtico del embarque internacional: “Que los Upelientos se queden con su país de mierda, pero yo no estoy dispuesta a volver a hacer cola”, le habría dicho antes de ingresar a la manga de acero y hacerse humo para siempre del territorio nacional.La segunda, era un sobre blanco con letra imprenta, dibujada prolijamente con lápiz tinta; y si bien alimentó por un instante la esperanza de que se tratara de Andrés, el reverso le arrebató la ilusión de golpe y porrazo, cuando se dio cuenta que era una carta de un compañero de la marina, que tuvo su padre hace algunos años, y del que no tenía noticias desde que había renunciado a dicha rama de las fuerzas armadas, con el arribo de la democracia.La tercera, sorprendió a Leticia por varios motivos.Primero, porque traía una rosa dibujada en la esquina del sobre, lo que abiertamente interpretó como una cursilería propia de su abuela, a quien desestimó como expedidor pues había estado con ellos durante todo el período estival; segundo, porque no tenía remitente, asunto que llamó más aún su atención debido a que jamás había tenido en sus manos lo que ella decodificó como “un anónimo”; tercero, porque tras el papel emanaba un casi imperceptible aroma a perfume, que solo logró percibir cuando trató de leer a contraluz algo respecto a su contenido.¿Quién podría enviar una carta así a su padre?
De pronto, sintió la voz de su madre acercándose hasta la sala, y por alguna razón que desconoce y que sólo puede atribuir a la curiosidad, tomó el sobre y lo escondió en uno de los bolsillos de su falda.
¿Algo interesante hija?, preguntó la madre cuando ya la tuvo a su vista. “Lo de siempre, tiendas, bancos; una carta de un ex compañero de trabajo de papá y una última de tía María Luisa”. “Quizá qué maravillas contará tu tía ahora respecto a Inglaterra”. “¿Quizá tenga novio?”. “No se de donde sacas esas cosas”. “Siempre que te escribe es porque o tiene nuevo auto, nuevo viaje o nuevo novio”.“Leticia, no seas irrespetuosa con tu tía”. “¿Pero si no está aquí mamá?”. “Aún así, no me gusta que hables mal de ella”. “Pero si no hablo mal, pero siempre que te escribe o se trata de hombres o de otras frivolidades”. “¿Cómo otras? ¿Acaso crees que los hombres también son frivolidades como tú dices?”. “Mentirosos”, para ser más explícita. “¿Esto se trata de Andrés, cierto?”. “Nunca cumplió su promesa”. “No lo juzgues hija, quién sabe, quizá sus padres se lo llevaron al extranjero, como tu tía”. “Aún así, yo hubiese escrito”. “Quizá olvidó la dirección”. “Vivió aquí toda la infancia mamá, no lo excuses; siempre haces eso”. “¿Qué?”. “Excusar, ya me oíste”. “No le hables así a tu madre”. “Pero si es verdad, con papá haces exactamente lo mismo, cuando llega tarde, cuando no llega, en fin, tantas veces”. “No voy a seguirte el juego Leticia, vete a tu cuarto”. “Eso no cambia lo que siento, todos los hombres son iguales”, alcanzó a murmurar mientras subía las escaleras que la conducían a su habitación.
Entró al cuarto de murallas tapizadas de afiches de moda, un espejo colgado sobre la puerta entregó su imagen inversa, se sentó sobre el cobertor que retrataba una noche de luna menguante, y con la confidencia que otorga la vuelta proferida al pestillo de la puerta, se atrevió a abrir el sobre misterioso que cargaba a hurtadillas al alero de sus caderas; desdobló la hoja, un tenue aroma florido se escapó al deshacer el primer pliegue y su vista se fijó en la primera columna, luego en la segunda y así jerárquicamente hasta llegar al último piso del folio, o más bien hasta el espacio donde se puede escribir un pie de página y que servía para la firma del remitente.
Estimado Don Antonio:
Espero no le parezca una insolencia llegar de esta manera a Ud. pero confiada en la confidencialidad que se le atribuye a la correspondencia, me atrevo a escribirle ya que han pasado meses desde que no se nada de usted y eso nos tiene preocupadas, pues no es tal distancia no ha sido habitual desde nuestro reencuentro.Encontré su dirección en la guía telefónica, y preferí comunicarme a través de esta carta, pues no tendría palabras para explicarle nuestra situación a suhija, más aún, cuando la decisión de contarle lo nuestro, quedamos que sería competencia suya, cuando se sintiera preparado y no antes.
Se que la situación no ha sido fácil desde que ratificó el vínculo que nos une, pero espero que esté tranquilo, que no se sienta presionado a ninguna decisión, pues sabré entender como en el pasado, que aún no explicite mi existencia a su familia, sobretodo por el temor que imagino le causa la reacción de Leticia.
Ojalá pronto pueda venir a verme, aunque sea un minuto para estar tranquila de que nada ha cambiado y que no se ha arrepentido de asumir lo que represento en su vida.
El aroma de la carta es porque recordé lo mucho que le gustaron las rosas que adornan el jardín, aquella primera vez que lo vi entrar por la puerta de casa y que fue para mí volver a tener algo que creía perdido.
Un abrazo y un beso,
Amalia
Una lágrima se precipitó sobre el último párrafo cuando Leticia concluía la lectura, una gota de agua cargada de una aglomeración de sentimientos que se balanceaban entre la tristeza, la irritación y el desencanto, y que no hacían más que ratificar las palabras que susurró al subir la escalinata, y que durante los tres últimos años tuvo como único destinatario a Andrés y su ofrenda quebrantada. “No puede ser”, repitió negando con un movimiento de cabeza lo que estaba concluyendo. “No sería capaz”, reiteró al imaginar al padre engañando a su mamá en aquellos días en que arribaba pasada la o las otras en que simplemente no llegaba a casa, excusándose en que el barco no había podido zarpar debido a condiciones climáticas que hacían difícil mantenerse en pie hasta al acorazado más resistente a los vaivenes de la marea. “Pobre mamá”, amasó enlos labios, antes de romper en un llanto sin salida, con la razón nublada por una infidelidad que se le presentaba tan evidente ante la rúbrica de aquella intrusa llamada Amalia, que había tenido el descaro de entrar a su casa a través de un relato perfumado.“Hija, abre la puerta”, interrumpió la madre, cortando la cuerda de su congoja.“Te he dicho que no me gusta que te encierres con llave”, repitió coincidiendo con el momento en que Leticia encontró un recoveco donde pudo esconder la prueba de su morriña, que fue el momento previo al que se atrevió a abrir la puerta, creyendo que el rastro de los sollozos se había borrado ante la insistencia de sus manos, que se esforzaron por ocultar la prueba de su melancolía. “¿Qué le pasa mi amor? ¿Estuvo llorando?”. “No, ¿por qué?”. “No me mienta, una madre siempre sabe cuando una hija tiene pena”.“No es nada mamá”. “Se trata de Andrés, ¿verdad?”. “No tengo ganas de hablar ahora”. “Bueno mi amor, lávese la carita y baje para que cenemos con el papá”.
Leticia ingresó al tocador para ganar unos minutos que le permitieran aclarar sus perturbadas impresiones; imágenes dislocadas que se hurgaban polizontes en su mente y que no hacían más que reiterar en signos, caracteres y figuras, las vocales, consonantes, términos y dicciones recogidas de la carta que se había filtrado indiscreta por la hendedura del buzón. Se estacionó en el recuerdo de la frasenos tiene preocupadas, y su preocupación se hizo creciente al asociar dicha pluralidad con una segunda familia, ya no sólo un desliz, una amante pasajera, sino otra esposa, otra hija, tal vez más de una, que habían aprendido –forzadas quizá por la necesidad- a convivir con el fantasma de una casta paralela, una estirpe que había sido puesta de pie antes que la que se mantenía en omisión.Frente al espejo, análogo al tiempo en que estrujaba el rastro de su desdicha, llegó a sentir lástima por aquella realidad paralela que se escondía tras la cita sabré entender como en el pasado, que aún no explicite mi existencia a su familia, pero lo que más la atribulaba, lo que la hacía aplazar su descenso al primer piso donde se sentaría a la mesa del engaño, era desconocer la exactitud del peso, estatura y talla de lo que aquella mujer representaba en su vida. Y si llegaba a representar más que ella y su madre ¿no sería preferible mantener el secreto? ¿Era necesario en nombre de la verdad arriesgar la estabilidad que hoy ambas tenían?, mal que mal, su madre jamás había trabajado y el único talento que había cultivado era administrar la servidumbre de la casa, y su confesión probablemente terminaría por arrojar por la borda la casa de campo, la educación privada, la vestimenta de importación, los viajes al extranjero, en fin, todos aquellos pequeños y grandes placeres a los que estaban habituadas.
Bajó las graderías hasta llegar al comedor; se sentó a la mesa con la mirada sujeta al suelo, el padre se inscribió a la cabecera y ante el silencio tácito de que marcaba a su hija, le preguntó si se sentía bien. “No es nada”, replicó la madre para encubrir lo que ella creía una decepción que se movía en el péndulo de lo afectivo y lo platónico.La plática transitó desde las anécdotas vacacionales hasta el venidero ingreso a clases, y concluida la cena -un bife con salsa de champiñones acompañado de hojas de brócoli y repollitos de Bruselas sazonados con soyay aceite de oliva- Leticia pidió permiso para regresar a su alcoba, única testigo de la revelación manuscrita.
Se dirigió al baño en suite, escindió la carta en mendrugos minúsculos que parecían celulares fragmentos de arena en su mano empuñada, los arrojó al excusado y tiró la cadena dos veces hasta que la evidencia desapareció por completo en su marcha en espiral.
Con los días y amén de una conciente premeditación,el recuerdo de la carta se hizo más nubloso; las frases fueron deshilachándose hasta carecer de sentido, y concluidas un par de semanas, Leticia se llegó a preguntar si el contenido de la misiva no había sido más que una pesadilla.
El error de su conclusión llegó al segundo día de haberse iniciado el año escolar, cuando a metros del pórtico de su casa divisó al cartero disponiéndose a depositar la correspondencia en el casillero personalizado donde se podían leer los apellidos que arrastraba su nombre.“Espere, no las deposite en el buzón”, habría berreado cuando se encontraba a unos quince metros de la cerca. “Yo las cargo, así no debo ir por la llave para retirar los sobres”, había impugnado cuando estaba a pasos del repartidor, segundos antes de que los documentos fueran barajados por sus palmas níveas y sus dedos delgados, y sólo un minuto previo a que su vista se estrellara con un sobre con aroma a dejavú. “No es posible”, musitó con los dientes apretados antes de subir a su cuarto, donde una vez custodiada por el pestillo, se atrevió a violar el contenido.
Don Antonio
Mi aflicción me mueve nuevamente a escribirle, acongojada por la espera de una respuesta que no llega.He llegado a preguntarme si le habrá pasado algo; Dios quiera que me equivoque pero no encuentro explicación a esta distancia.
Necesito verlo, no crea usted que es por dinero, que bien sabe es el último de los aspectos que me pueden importar, pero mucho me gustaría contemplarlo llegar a casa, ver que está bien, compartir un café que tanto le gusta o fumar un cigarrillo en el balcón pese a se que no piensa que no tengo edad suficiente para acarrear esos vicios.
De señales pronto, que esta preocupación me está forzando a buscarlo, aunque se bien las consecuencias que puede tener una llamada telefónica o presentarme sin avisar a la puerta de su casa.
Lo extraño,
Amalia.
El solo hecho de imaginar los ojos de esa mujer explorando en los ojos de su madre, separadas por tan solo el cubrepiso ubicado a la falda de la puerta, llevó a Leticia a cuestionarse si no sería mejor cegar su instinto y entregarle la carta a su padre, disfrazada con otro sobre y la imitación de la rúbrica que se había entrometido por segunda vez en su hogar que ahora pendía del hilo de su juicio aún inmaduro.Después de todo, quizá la extraña que se refugiaba tras el papel era parte del mundo de su progenitor hacía ya mucho, y la vida podría continuar inalterable, sin mayores pérdidas que la memoria del hecho sabido y oculto. Sin embargo, después de una reflexión ataviada de fantasmas, donde se enumeran los espectros de la postergación, la incertidumbre, el desamparo y otros propios que caminan de la mano de la pérdida, la niña decide volver a amputar el manuscrito, del que empiezan a caer como gotas de sangre, flequillos de su corteza alba,flecos de su cuerpo albino, mechones de su carne cana, guedejas que se van disolviendo en el oleaje caracol que reposa al fondo de la taza del baño.
“No sería capaz de venir hasta acá”, sisea mientras intenta convencerse de lo apropiado de su acto, o al menos el que demandaba seguir manteniendo su familia indeleble; y así, buceando en un mar de de perplejidad, los días se esfuman entre los compromisos académicos, las obligacionessociales,los débitos del consumo y los deudos eclesiásticos; y fueprecisamente un domingo soleado, después de cumplir el mandato de la fe, de haber orado un Padre Nuestro y un Ave María con las rodillas apoyadas en la banca de la Iglesiaa la que acudían sagradamente el último o el primer día de la semana –análisis más dependiente del credo que de las artes de la estadística o la historia-que arriba del auto, a metros de la casa, vieron a una mujer joven, lozana, que seguramente aún no alcanzaba la mayoría de edad, al alero de la cerca, como una carta desprendida del buzón estacionado en perspectiva justo frente a su hombro.
“Qué hace ella acá”, preguntó la madre al padre; despertando una conclusión truncada en el fuero de la hija, quien se preguntó en sigilo hasta qué punto su madre estaba enamorada para admitir una relación paralela que ella jamás habría aceptado, ni aunque hubiese sido Andrés, que era definitivamente el amor de su corta existencia.“Te dije que era necesario que lo conversaras con Leticia hace un buen tiempo”, volvió a reprochar la madre, antes de que el hombre que conducía el carro tomase la palabra.“Leticia, debemos hablar”, dijo antes de que la niña estallara en llanto.“Lo sé todo, lo sé todo”, dijo entrecortado por la emoción desbocada a la que conduce la angustia. “Me has decepcionado tanto papá”, volvió al acecho con palabras sollozas.“Cómo puedes hacernos esto;y tú madre, cómo puedes aceptarlo”, desafió con el alma en veda. “Jamás me imaginé cuando leí las cartas que esta mujerzuela sería capaz de llegar hasta la puerta de nuestra casa”, arremetió otra vez, con el rostro nuboso de lágrimas que parecían no agotarse.“¿De qué cartas hablas mi amor?”. “No es lo que imaginas”, interrumpieron alternadamente los progenitores al asumir que la conclusión de Leticia se había descarriado hacia una vía impropia. “Papá no ha hecho nada malo mi amor, fue antes de que tú nacieras; incluso antes de que yo llegara a su vida”, agregó la madre evocando a la razón, que a esas horas transitaba por parajes distantes a la mente de la hija, al mismo tiempo que el padre bajaba del auto, para recibir con un abrazo exculpatorio a la mujer que esperaba frente al buzón.“La mujer que está ahí no es amante de tu padre. Es tu hermana, mi amor”, concluyó la madre, segundos antes de acoger a Leticia entre sus brazos que le sirvieron de cuna para contener la tribulación. “Tu padre no lo supo hasta hace un par de años, cuando la madre de Amalia se acercó para revelarle esta noticia”.“No sabíamos como decírtelo mi amor”. “Trata de comprender”, balbuceó sólo interrumpida por las pausas intencionales que puso al pronunciar tan cuidadas palabras.
“¿Te sientes preparada para saludarla?”, examinó la tutora mirando los ojitos aún acuosos de su niña que reposaba arrimada al árbol de su pecho. “Sí, estoy bien”, respondió Leticia irguiéndose como flor en primavera antes de atreverse a salir del auto para situarse cara a cara con aquel nombre que ahora tenía historia y que se había colado por la rendija del buzón en forma de carta.